
Si tú no estuvieras quizás todo sería mejor,
Si tú no estuvieras no existiría tu sangre, ni tu dolor.
No habría llanto, solo el silencio de tus labios
Y la serenidad de tus ojos al observarme.
Si tú no hubieses nacido, todo hubiese sido muy diferente, no existiría el miedo, ni el amor.
Todo hubiese sido una mentira,
Pero todo sería tan fácil.
Sin embargo estas aquí y yo quiero morir cuando te veo. Porque te odio, porque odio cada fracción de segundo de tu existencia,
Porque odio todo tu cuerpo, la lluvia que cae, los poemas quemados
Y las gotas de tu piel ardiente.
Te odio…
Tú marcaste una cruz en la palma de mi mano,
Me llevaste al cielo y luego me dejaste caer.
Diste la vuelta y te marchaste,
En mi mente quedo la imagen de tu lóbrega espalda,
Mientras esperaba, sola en la oscuridad,
Abandonada y fría. Sin poder reaccionar.
Sin poder creerlo.
Como poder creer que el cielo cae, o creer, que en un ocaso maldecido se quiebra el sol, solo para dar a luz almas oscuras.
Y si mi vida fuese el cielo… quizás tampoco podrías creerlo.
Pero sigues aquí, no te has ido,
Solo no estas con migo.
Y tu ausencia es más fuerte que tu presencia, pero menos fuerte que las palabras encerradas en los dientes.
Tú no entiendes, y nunca podrás entenderlo, porque tu vida es simple pero confusa no esta hecha más que para entender testigos, y escuchar con los ojos.
Aún sigues aquí y te veo desde lejos,
Te observo con melancolía y extravagante felicidad,
Aunque el mismo destino me queme la piel y la vea caer como cera,
Aún así no podré creerlo y nunca lo creeré,
Siempre existiré.
Agatha


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